PLENITUD

En el muro de piedra de mi patio que fuera era de centenos, nace un arce que el aire animó en vecindad de musgos y culantrillos.

Así me vivo yo. Sabiéndome hombre de campo, monte y río, de agricultura y ganaderías…me vivo en colindancias que son mi Estrella de Oriente, luces sin noche.

Encuentro mi aliento ajustando la cabezada a mi burro y, así uncido, acompasándome a su tranco llegarnos al prado de frescos pastos y flores donde gastar el día absorto en fragancias regaladas, sin precio.

En el fresco de la cuadra vacía, en el cálido aroma de la paja y del grano de cebada que entrego al pesebre, en la cadencia de la escoba despaciosa, en el vaho del estiércol que rastrillo, me agrada el tiempo sin tasa ni premura, que así pasa…sin necesaria compostura.

Saben mis gallinas que, cuando les abro al día podrán picotear alguna manzana, briznas de hierbas segadas a hoz y dalle, el grano de trigo, cebada o avena y alguna lombriz que no se enterró a tiempo. Me reciben con inquietud, porque me esperan todos los días. Mullo las huras de mis conejos y me aseguro que a nadie les faltará hoy el agua del cristalino flúmen del barranco Regaldía. Pudiendo disponerles para varios días,  no me da la gana. Me gusta el encuentro diario, los murmullos de mi pequeña granja asomada al barranco y a los colmenares, creciente entre siluetas de fresnos, nogales y avellanos, oidora de pinzones,  jilgueros, escribanos, petirrojos, verdecillos, currucas, tizones colirrojos, aturdidos todos por aviones y vencejos, acunados por el cuco, dormidos con el zorzal y soñando en el ulular del cárabo.

Se abren las chiribitas, si quiero, a mi paso, sólo porque sé cuándo pasar para creer que me regalan su esplendor.

Y doy agua y color a bosques de árboles imaginarios, ciertos en mi ser. Y el regato me acompaña, corriente, a su paso y discurso por la Aldea. Los temperos reciben azadas, ávidos de plantación  y siembra. Y los cerezos silvestres, los endrinos, espinos cervales, rosales caninos, majuelos y maguillos ya están dispuestos a la caricia de abejas melíferas y mariposas nacaradas y limoneras. El ciervo desmogó y yo encontré su cuerna allí donde se posó en la ruta de la noche hacia el dormidero bajo las retamas.

En la noche el jabalí errante, labrador, sin rumbo, nos dejará la noticia de su presencia, jactándose en su indómita andanza.

Y yo, que todo esto sé y que todo esto busco y que todo esto encuentro y que todo esto escribo, ando como ese arce empeñado en prosperar arraigado entre las piedras del muro de mi patio, sin importarnos el despropósito ni tal inútil vocación, nuestra absurda condición,  nuestra muerte segura y sin encontrar en el cielo prometido anhelo que esta plenitud no nos haya ya entregado.

 San Antón, Primavera MMXVII

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