NEVANZA

En la ezcarayense aldea de San Antón comenzó a nevar en la noche de ilusión del seis de Enero y siguió haciéndolo durante el Día de los Reyes Magos adorantes ante el pesebre de Belén. En el medio rural, en el medio natural, en el monte, la intensa nevada tiene otro semblante y también otras consecuencias. Raramente se espera o confía recibir ayuda ajena. La previsión, la prevención, la anticipación, la adaptación… son conceptos que se ejercen con natural ademán. Y más allá de éstos es preponderante el de la solidaridad que permite actuar de manera prioritaria en favor de las necesidades más elementales y de quienes más limitados, por unas u otras razones, están para defenderse de una inclemencia, climatológica en esta ocasión.

Ante la insuficiencia de los medios que siempre se evidencia ante estas magnitudes conviene mantener la serenidad, deliberar con sensatez y actuar con determinación. Pero no es este el asunto de mi incumbencia en este momento de escritura.

En el medio natural, en el medio rural, en el monte… decía en el exordio, la faz blanca de la ingente nevada es otra muy distinta a la de la desesperación de los conductores colapsados en una carretera,  a la dificultad o imposibilidad de atender las rutinas personales y laborales o a la ansiedad por deslizarse sobre las pistas de una estación de invierno.

En el monte las cosas son de otra manera. Estos días son durísimos, no sé cuando no lo son, para los ganaderos que ven impotentes cómo sus vacadas y rebaños se sumergen en una avalancha de nieve sin poder llegar hasta sus animales durante días para, al menos, llevarles unos fardos de paja o forraje que les permitan sobrevivir. Los Apicultores, que también son ganaderos, se llegan hasta sus colmenares y se debaten en la incertidumbre de si sus abejas melíferas sobrevivirán a tal devastación. Nos va mucho del nuestro en el bienestar de las abejas…

El peso de la nevazón sobre los árboles logra la demolición de muchas ramas cuando no el abatimiento de muchos ejemplares. Las hiedras silvestres en su invasión de los fustes de las distintas especies arbóreas provocan que el peso de la nevasca acumulada en los portes más elevados de los árboles que colonizan, se haga insostenible. En los barrancos ya he visto avellanos apeados y nogales, cerezos, fresnos, sauces, espinos albares, saúcos, álamos y arces campestres tronzados y heridos de muerte aunque sobrevivan a este invierno. Los manzanos y otros frutales están padeciendo aún con mayor rigor el daño a consecuencia de las podas de fructificación que les son practicados año tras año. La marcescencia de los Quercus pyrenaica, también sujeta pesos en demasía para algún añoso y hermoso melojo. Los acebos se baten con mejor fortuna. En una de las laderas pétreas del monte que es también la Mina Marte, se observa el alud incontenible y arrollador, y en los resquicios de la nívea manta del camino Regaldía el color del ozono se evade desde la gruta, en el azul verdoso y luminoso como aurora boreal postrada.

Las retamas, escobas, romanas Genistas otrora floridas, piornos y brezos se fueron combando en la altura de su ramaje y construyeron los iglúes en que se han guarecido los ciervos hasta que el hambre les ha hecho vagar para lograr algún ramoneo que les permita sobrevivir. Muchos sucumbirán en su audaz impronta. Los helechos no dan cobijo más que a algún Mirlo. Pinzones y Carboneros, Colirrojos tizones y algún Camachuelo encuentran en la cuadra de mi asno zamorano-leonés la clemencia y el grano y el calor que les son negados en la intemperie. El Busardo ratonero y el Milano real sobrevuelan las praderías de fondo de valle intentando algún lance de caza. El Cárabo se llegó hasta la farola de la Aldea para acechar alguna esperanza. Y hasta el Zorro se guarece indolente y paciente.

Esta mañana he sorprendido a los verdes pájaros carpinteros, una pareja de Pito Real, aventurarse en los colmenares anidados en huecos troncos para pinzar alguna abeja y luego agarrados a las paredes de cantos rodados del Oja y cuarcitas y férricas piedras sujetas en argamasas de escoria minera en los muros de las casas aldeanas, hincando sus largos picos en los pequeños resquicios que la mampostería ofrece para con sus lenguas atrapar algún insecto.

En las huertas quedaron sepultadas coles, berzas y repollos y así seguirán sin poder alzarse, y si en Enero florece el romero, este año creo que será en Febrero.

La vida se debate en gestos de rigurosa supervivencia, en estos días y en todas las criaturas. Cuando la urbanita existencia en el eco lejano de su estridencia hace días que se reencontró en el devenir ajeno a la contingencia sobrevenida, -que si nieva es bonito mientras sea y caiga en sábado y domingo-, en los lugares hechizados del monte y la montaña se sigue escribiendo con tinta blanca y en silencio, sin conocimiento de día ni de hora. Las tejas de árabes y alfareras arcillas se prolongan en hielo de chuzos y carámbanos que vuelven a gotear el desnevado de los tejados cuando por pocas horas se atemperan. Armonías sin solfeo en las canales.

Las lumbres se hacen patria y los pucheros humean bondades. El frío disipa el aroma de leñas rajadas por las callejuelas que se iluminan en sombras cálidas y anaranjadas. La noche es larga. Y su luna brillante. Y el cisco ígneo de la estufa de hierro fundido no da calor cuando en la madrugada es ya, ciscón.

Al otro lado de la puerta grande de mi casa, vela la pala con que toca remar estos días y dentro, mi teckel, Don, sueña las andanzas y mudanzas montunas compartidas y vela sus catorce inviernos, ninguno como este.

Gerardo Hernando Trancho
Hoy, nadie llamó a mi puerta

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