MULAS, ASNOS y OLIVARES de la ALCARRIA ACEITUNERA

Este amigo, Manuel Aledo, entrañable y olivarero, me hace escribir logrando que la bruma se instale en mis ojos y la niebla humedezca tiernamente, mi cara.

Dos titulaciones superiores tengo en mi haber: SER hombre de pueblo y de campo; y otra, que obtuve en la Universidad en menos tiempo. Los primeros cursos y asignaturas como hombre de pueblo los estudié en La Alcarria, ese campo de miel de mil flores, romeros y espliegos, “duelos y quebrantos” que viajó y escribió D. Camilo José Cela en dos ocasiones y en sendos libros.

Tierras de La Mancha en que se hunden las barbadas raíces de mi cepa familiar y páramos de Castilla, de hombres y mujeres que nacían sin llanto y morían sin manto.

Tuve la fortuna de llegar a segar con hoz y zoqueta y luego, en las eras de Sacedón, trillar navegando a lomos de una nao de cuadernas de madera y mil piedras de pedernal y a costa del viento de un tiro de mulas, de alba capa una y castaña la otra, sobre el mar redondo del cereal quebrado. Y confiar luego en una brisa que me dejara aventar el grano y volar la paja.

En estos parajes la agricultura se hacía ganadera y la ganadería tenia vocación agrícola. Al cultivo de centenos, avenas y trigo se unía el de vides y majuelos, también cerezos de dulces amarillos y membrillos menesterosos de azúcar y compota.

Y el olivar que medía en los inviernos la vocación aceitunera y la necesidad de las familias.

Hablo de olivos arbustivos casi acebuches, fibrosos verdejos y de otras cuantas verdiazules acepciones que regalaban, casi a su pesar, unas olivas, muchas arrugadas, otras madurando en el suelo y no pocas pendiendo, sin completar su envero ni rendirse a su invierno. Sé de la monda de los ramones y cómo dejar dos o tres zancas a cada olivo que confiarse a un solo tronco, no es prudente. Me lo enseñó Vicente Romero.

Niños sobre la arcilla y el rocío jugando, siempre jugando, con unas frías olivas a modo de canicas; mujeres con delantales de lona con amplios y marsupiales bolsillos, faltriqueras avaras y cinturas amplias; hombres de horizontes polizones y de canciones bizarras que hablan de calandrias y perdices, y manos de espartos que ordeñan el fruto disoluto del olivo huraño que exige, caro, un agarre por cada oliva que se quiera lograr. No es el olivo en estos lares, árbol de frutos arracimados. Su flor, sí se regala solidaria y abundante, seductora y sugerente pero discreta y luego difícil.

Y a la vera de olivos, de talla humana, nunca vareados y siempre manoseados, sobados y abrazados, son las mulas que en sus alforjas atesoran capacho a capacho, el botín de una guerra sin cuartel y de una paz que nunca llega. Mulas y asnos sobre cuyas cruces se hicieron campañas de gloria militar y de anónimos heroísmos de Patria; asnos y mulas que hoy sirven a la misma bandera en los fríos inviernos y asolados y desolados veranos castellanos. Una tierra que a duras penas conoce las cuatro estaciones, que con dos le bastan.

Después de la labor aceitunera, las mulas abrevan en la Fuente Redonda de Sacedón, en el entremés de sus callejas de luces almibaradas y escasas, y aceleran el paso, la ermita de la Cara de Dios en medio, camino del cálido presagio de la pesebrera y de la cuadra silente para dar lugar al murmullo que José Antonio Muñoz Rojas escribiera: “y dejar que una cabezota se me pare en el hombro, y se me quede en él, pesando como una inesperada cargazón de ternura”

19 de Diciembre del 2012