Sobre mí

Gerardo Hernando Trancho

Soy Gerardo Hernando Trancho. Nací en Madrid, en el mes de Agosto de 1963. Los primeros años de mi infancia discurren en el castizo barrio de Lavapiés. Luego en el evocador Paseo de la Habana.

Me gané la Licenciatura en Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid y me incorporé al Ilustre Colegio de Abogados de Madrid para ejercer mi profesión como Letrado durante años. Yudo y Rugby mis deportes predilectos.

Mis padres me depararon, con toda intención y determinación, la gran suerte de crecer en un pueblo de La Alcarria, Sacedón, dónde junto a mis cuatro Hermanos, fuí inmensamente feliz. Allí me gané la Licenciatura como Hombre de Pueblo y de Campo.
Como escribió en “Las Cosas del Campo” el insigne malagueño José Antonio Muñoz Rojas: “ Sé algo de la tierra y sus gentes…”

Mi Campo de Estrellas son mis cuatro hijos: Gerardo, Carola, Nacho y Álvaro. En Éllos me reconozco y me jacto.

Vivo cada día y su noche, en una pequeña Aldea de media montaña enclavada en el Valle del Alto Oja, pedanía de Ezcaray en La Rioja, que se llama San Antón.

Gerardo Hernando Trancho

LaTogaVerde

Este sencillo y honrado escenario que es LATOGAVERDE no es virtual, ni imaginario… es real, original y auténtico. En los pliegues de sus verdes, se expresa tanto mi inquietud como mi sensibilidad siempre lindantes con el campo y sus gentes, con el medio rural y los pueblos de España, el medio natural y sus criaturas todas, los usos y costumbres, las artesanías y calladas y pacientes sabidurías, el habla, su cantar y sus culinarias de lumbres y humeantes pucheros, besanas y labrantíos, la caza y el lance de muerte, el gorigori montuno, la muerte y su mortaja, el aroma de los ardientes lares y hogares en la noche de las calles, matanzas, siegas, eras y trilla, hoz y zoqueta, gachas, migas y calderetes, duelos y quebrantos, la inclemencia del cada día y el afán de cada jornal modelando y asurcando manos y coloreando la tez….

No sé porqué la acuarela de mis Árboles. No me importa desconocer la razón. Me basta con saber que es expresión afortunada de mi sensibilidad y que gracias al agua y el color digo lo que siento por alguien, o simplemente digo lo que siento. No son pocos los que solicitan mi pintura a tal fin. Ésta, que es una de mis maneras, tiene su primera pincelada en el verano de 1998.

He plantado muchos Árboles y más he pintado, y trato con éllos de forma habitual, su amistad nunca es desleal y con éllos me entiendo y acompaño sin soledad posible. Son para mí criaturas decentes de sonoros silencios y acompasado ademán.

Su origen silvestre, todos lo son o lo fueron, mediante injerto o sin tajadura de domesticidad, su indómita condición, arraigado contra todo pronóstico o trasplantado en perversa animosidad en una rotonda de autovía o conviviendo en la intensificación de plantaciones aváras, mantienen el porte noble de su condición, ajenos al desprecio y al olvido. Con grandeza.
Les he visto morir de pie, desgajados, rotos, apeados sin aviso o talados sin necesidad de hacerse lumbre y calor. Los conozco y les entiendo o eso creo, que lo mismo da.

Me agrada pintar para alguien y para algo, entiendo el interés  estético y decorativo; sin embargo prefiero la causalización y personalización del sentimiento que se pretende transmitir, el nombre, el lugar, la fecha… cualquier detalle que permita saber a quien recibe mis Árboles que es apreciado, querido y que otro así quiere decirlo, quiere decírselo. Y lo hago…con la Acuarela de mis Árboles.

Como quiera que no creo en casualidades, LATOGAVERDE es una causalidad de un aliento de Amor, el de Cris. Y también el hálito de la incondicional lealtad: la de mis cuatro hijos. Su Amor me huele a geosmina y a cachorro.


Sub umbra Dei,  Deo Gratias.
Navidad de MMXVI

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