AMORES QUE MATAN

“…Yo sé que estoy ligado a ti,
más fuerte que la hiedra…”

“L’edera” (La Hiedra) composición musical en tiempo de beguine (ritmo y baile originario de las islas Guadalupe y Martinica, fusión de ritmos indígenas, latinos y franceses)  de Saverio Seracini y Vincenzo D’Acquisto, estrenada en 1958 en el Festival de la Canción de San Remo, cantada como balada por Licia Morosini, se convirtió en bolero y su letra en español de debe al autor y compositor argentino Ben Molar, y el portorriqueño Johnny Albino la canta con el trío Los Panchos, poco tiempo después  en Buenos Aires.

Y la disgresión musical se justifica en su misma evocación cuando ves la hiedra amarrarse a vetustos árboles como los cerezos silvestres, nogales o sauces, fresnos y álamos…

Hedera helix es un arbusto trepador de hojas perennes provista de raices aéreas autoadherentes. Sus hojas son persistentes, coriáceas, de bordes enteros y de color verde intenso, ovadas romboidales las de las ramas fértiles y triangulares y jaspeadas las de las ramas estériles.

Esta liana silvestre se inicia en su ascensión sobre los fustes de los árboles en los que logra el soporte que precisa para alcanzar los portentosos desarrollos vegetativos que observamos con frecuencia en el medio natural. Y en su evolución sobre el tronco se dispone entretejiendo sus ramas y logrando soporte consistente que alcanza hasta las ramas más jóvenes del árbol en que se hospeda. El grosor de sus tallos se incrementa y con éllo la presión que ejerce sobre la corteza (floema) incidiendo en la fluidez de la savia elaborada del árbol asaltado que ve también usurpada su disponibilidad de luz y dificultada, cuando no imposibilitada, la función fotosintética.

Del oportunismo inicial, la hiedra común pasa a confundir sus hojas con las del árbol hasta parecer que son las de la hiedra las propiamente arbóreas.

Si bien no podemos hablar de parasitismo en sentido estricto, pues la hiedra no detrae sustancia alguna elaborada por el árbol soporte, el árbol encuentra una progresiva y creciente competencia por los nutrientes que obtiene de su sistema radicular pues las raíces de la hiedra pugnan por los mismos, también por la luz toda vez que la hiedra logra obtener una exposición lumínica de sus hojas sobrepuestas a las del árbol aprovechando el porte aéreo de sus troncos y ramas. El árbol se “agobia”, “le falta el aire”…

En efecto la hiedra finiquita la vida del árbol, debilitando su estructura ramosa incrementando notablemente el peso de sus ramas y troncos que acaban partiendo por efecto adicional del viento o la nieve y optimizándose así la acción de otros agentes, éstos sí parásitos y los de naturaleza microbiana y bacteriana que aceleran el fin del árbol.

A veces he podido observar al propio árbol, ya sin vida alguna, suspendido, soportado enteramente por la hiedra…

Es habitual la tarea que realizo en atención a mis árboles, de desprender las primeras lianas que se adhieren a sus troncos y eliminar las hiedras de raíz toda vez su afición por retoñar con rapidez. Y no sólo de mis árboles sino también de los muros de piedra de los prados que consigue derribar con el paso del tiempo al engrosar sus troncos en el entresijo de las mamposterías secas.

En ocasiones los troncos desarrollados por las hiedras son de tal grosor que parecieran los del mismo árbol. He visto el golpe de hacha, seccionando esos troncos y cómo la hiedra logra adventiciamente sus nutrientes resultando irremisible su poder predador sobre el árbol exhausto ya víctima de la liante.

En una foto que acompaña a este escalofriante, angustioso,  asfixiante y tóxico relato de vegetal excusa, se ofrece la estremecedora imagen fotográfica del cadáver de una cierva suspendida por su cabeza, ahorcada literalmente en la horquilla del árbol al que se había encaramado precisamente para comer las hojas de una hiedra que trepaba por el mismo tronco. Sucedió en el entorno cercano a la Aldea de Ayabarrena, pedánea de Ezcaray y con motivo de una batida de caza mayor, hallazgo de alguno de los cazadores.

Pude ver y fotografiar al desdichado animal que pereció por causa de una hiedra y el concurso del fatídico resbalón del animal, el acierto de su cabeza encajada en la cruz del árbol, el hecho de quedar suspendido el peso total del cuerpo de sus cervicales y del rigor de la invernada que hacían apetecible la coriácea hoja de la silvestre liana para el cérvido.

Finalmente, no puedo ignorar que el discurso de esta crónica habrá causado en más de un lector ciertas sensaciones de inquietud, zozobra, ansiedad… y que acercan la acción de la hiedra a conductas y comportamientos humanos próximos y conocidos. Lo sé. Y también la inspiración ambiental pretendida del artículo…

Ahora vuelva a cantar conmigo el bolero que el Trío “Los Panchos” popularizó…tal como escribía en el exordio. Pero, hágalo sobre un pentagrama en clave de Humor y con partitura de Amor.

Y agárrese a los árboles como una hiedra, vaya despegándose de esas otras “hiedras” que ya le trepan por el Alma desde hace tiempo… y vuelva a la Luz.

San Antón, 5 de Mayo de MMXVII.

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